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La fiesta lúgubre de la Gran Depresión de Venezuela

La fiesta lúgubre de la Gran Depresión de Venezuela

Bajo las sombrillas desvencijadas por la intemperie que colorean las largas colas ante los mercados, la familia espera y solo si se interpela suficiente a una de esas madres se agría el rictus y salen las lágrimas, cosecha de la indignación ante tanto oprobio, tanto abuso desde el poder, tanto padecimiento sin explicación, tanta protesta contenida y sin respuesta en Gran Depresión de Venezuela
Un hombre con el torso desnudo, pantalones andrajosos hasta las pantorrillas y descalzo se pasea por el medio de la Cuarta Avenida de Los Palos Grandes, cual gran señor. Lleva una botella de agua turbia en una mano y en la otra el zurrón pestilente de la vitualla. Bebe de la botella con gesto ampuloso como si se tratara del espumoso de Reims y muestra su dentadura ahuecada a modo de sonrisa. Se detiene ante una de las bolsas plásticas de basura que los vecinos dejan en la acera a la espera del camión de aseo urbano. Para él es uno de los tantos mesones que visita a diario con festiva glotonería. ¿Será muestra y ejemplo que explique por qué Venezuela se levanta entre las primeras en los índices de felicidad de las sociometrías globales? Es un pueblo que celebra su miseria, puesto que es lo único de lo que puede jactarse; de la privación hace opulencia. El venezolano parece anteponer sobre todo su disposición a estar “bien”, a todo trance, “con hambre y desempleo”, la rumba no repara en parvedades.

La imagen, demasiado singular pero tal vez representativa, contrasta con las célebres fotografías que Dorothea Lange obturara en la década de los ’30 por encargo de la Administración de Seguridad Agraria de Estados Unidos en las carreteras cundidas de desplazados por el colapso económico conocido como la Gran Depresión. Una de las fotos más célebres de la serie de Lange muestra una madre de rostro seco, con la angustia pertinaz tallada en un gesto sin remedio, con dos pequeños vástagos que se resguardan tras sus hombros ante la inminencia del clic: hay vergüenza, miedo, pero en ella, en la madre americana, destella un talante de paciente dignidad. La imagen de Lange profetiza la madre “emblematizada” por John Steinbeck en Las uvas de la ira —The Grapes of Wrath—; Mama Joad que valiente escucha el manifiesto de despedida de su hijo Tom Joad: “Dónde quiera que un policía golpee a un hombre, ahí estaré”.

La fiesta lúgubre de la Gran Depresión de Venezuela

No se puede decir que las madres venezolanas de la actualidad hagan las colas para acceder al alimento escaso “con gusto” —como recomienda la insensibilidad dogmática de los gobernantes chavistas y sus aliados automáticos. Pero, sí que se manifiesta en esas largas filas el homo convivalis que prevalece en el ethos nacional y su dinámica. En esas congregaciones convergen las familias “matricéntricas”, la mujer como centro y núcleo del hogar, definición del sacerdote Alejandro Moreno, tal vez, el más consecuente estudioso de la vida popular del venezolano. Y la convivialidad auspicia la fenomenología del “resuelve”, los mecanismos subrepticios que buscan aliviar la adversidad y en los que la madre coordina a los hijos en operaciones múltiples para la provisión de arroz, harina, sardina, lo que se consiga. Bajo el sol o la lluvia, la familia popular venezolana no se demora en la contemplación desesperanzada de la madre inmortalizada por Lange; una actividad secreta pero frenética se pone en marcha y eso ocurre en medio de cierto ánimo que a un turista antojaría muy “tropical”, a ratos festivo, aderezado del calé renovado por la circunstancia: la palabra “bachaqueo”, en desuso un par de años atrás, tiende a institucionalizarse desde la base social. La propensión a la intranquilidad que se pronuncia en el chiste repetido, el chascarrillo y la risa complaciente, no obstante, deviene impaciencia, brote de rabia y violencia momentánea pero letal. Así se vive en Venezuela.
El colapso

En 1991 viajé a Cuba en representación de Venezuela a una Feria del Libro. Los cubanos fatigaban el desierto del llamado Período Especial, cuando la parasitaria economía impuesta por el comunismo castrista quedara sin el suministro de Moscú, tras el desvanecimiento de la Unión Soviética. “No relaciona las cosas. Esa es una de las señales del subdesarrollo. Incapacidad para relacionar las cosas, acumular experiencia y desarrollarse. Todo el talento del cubano se gasta en adaptarse al momento. La gente no es consistente y siempre necesitan que alguien piense por ellos”, dice Sergio, el protagonista burgués y europeizado de Memorias del Subdesarrollo, la memorable película de Tomás Gutiérrez Alea, rodada en 1961, en plena efervescencia de la revolución triunfante —la última de América.



En 1991, 30 años después, un venezolano como yo, de paso por la capital cubana, no podía poner un pie fuera del hall del Habana Libre sin ser abordado por una incipiente multitud oferente: cambio de pesos que no valían nada por los dólares del visitante, habanos pirateados, mujeres y, si fuese el gusto, hasta niñas y niños. Mucho se ha hablado de la prostitución encubierta del comunismo cubano; atracción turística avalada por el régimen. Me di cuenta de que el cubano era un habitante segregado en su propia tierra; se le permitía como único privilegio entrar a lugares abiertos al viajero dolarizado, solo después de pasar por un sorteo y hacer una larga cola.

Lo que no imaginé entonces es que mi país pudiese llegar a parecido estado de cosas. No es del todo exactamente igual en Venezuela, por supuesto, nación con un pasado diferente y cuya “revolución” fraguada desde el poder y la renta petrolera, sin épica ni resultados que no sean desastre y disolución, llegó tardíamente, lejos ya de la Guerra Fría.

La fiesta lúgubre de la Gran Depresión de Venezuela

A diferencia de Cuba, las calles de Venezuela son transitadas por costosísimos automóviles último modelo, los centros comerciales y restaurantes tal vez vean mermada la afluencia, pero siguen abiertos. El consumismo ha sido limitado a la fuerza, pero en el ánimo del venezolano sigue ardientemente vivo. Los economistas consideran que tras tres años de recesión se puede hablar de colapso económico. Venezuela va para el cuarto con posibilidades de cambio de modelo más que inciertas.
Aunque disminuida a su mínima expresión, reprimida y deprimida, sigue existiendo la empresa privada, otra diferencia con aquella Cuba de 1991, un país que ahora promueve lentamente el resurgimiento de esta actividad económica, pero sin ceder a cualquier apertura política.

Se pueden leer en un reportaje firmado por el periodista Roberto Deniz en Konzapata.com, titulado “La economía venezolana y la industria nacional ya tienen su Gran Depresión” (11-10-2016), las desoladoras cifras de los dos primeros trimestres del año en curso ofrecidas por Conindustria: el descenso del Producto Interno Bruto (PIB) acumulado desde que Nicolás Maduro es presidente se ubicó en 28,7%, superior al 27% que tuvo su nudo en el colosal crack del mercado de valores estadounidense de 1929.

La fiesta lúgubre de la Gran Depresión de Venezuela

Nada anima a los industriales a invertir, mientras en la calle se multiplica la tragedia de la carestía, con sus secuelas de desnutrición, enfermedad, muerte, aumento de la delincuencia y todo lo demás que venezolano alguno no conozca y sufra. El país con las mayores reservas de crudo del mundo —vaya usted a saber para qué sirven a estas alturas de reemplazo de fuentes de energía— vive simultáneamente su período especial y su gran depresión, a su manera.
Uno y otro caso, el colapso del capitalismo y el del socialismo, vividos en Estados Unidos y Cuba, sirvan solo a la comparación iconográfica. Venezuela padece el retorno de los tiempos —aciagos— si no de forma inédita, al menos singular.

La fiesta lúgubre de la Gran Depresión de Venezuela
El gobierno en curso se vale de un acopio de know how en materia de administrar el caos: medidas engañosas tomadas entre gallos y media noche y sin apelación como la súbita salida del billete de cien bolívares para después de los destrozos devolverlo a circulación con una prórroga prorrogable; provocar focos de desorden social que justifiquen la represión y así ir sistematizándola; acoso de la actividad privada sin borrarla de un plumazo como el finado Fidel y así tener a un culpable de la crisis siempre a la mano, carne para el saqueo y reparto discrecional, por nombrar solo lo manifiesto.
Las cifras que la voz autorizada provee de cara al 2017 no son, sino eso: números precedidos del signo negativo, el de la resta; la matemática que para el ciudadano común, ya curtido en supervivencias, no es sino ardor en la piel y crujido en el estómago. Mañana será otro día, otro imprevisto escarpado, otro tortuoso ascenso a la noche.

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